Fe, seguidores y un cuestionamiento bastante actual
Hoy no resulta raro encontrarse con un sacerdote en TikTok, una religiosa en Instagram o alguien hablando de su fe en un video de menos de un minuto. Algunos tienen miles de seguidores. Otros, millones de reproducciones. Tienen una forma particular de hablar, una estética, un estilo y una comunidad que los reconoce. En otras palabras, muchas de las mismas cosas que tiene cualquier influencer.
Y eso plantea una pregunta interesante: ¿hasta dónde termina la persona que comunica y empieza la marca personal?
No necesariamente hay algo malo en construir una identidad en redes sociales. De hecho, es difícil comunicar sin hacerlo. Seguimos a determinadas personas justamente porque nos gusta cómo cuentan las cosas, porque confiamos en ellas o simplemente porque lograron captar nuestra atención. El problema aparece cuando ser conocido deja de ser el medio y pasa a ser el objetivo.
Influencers, pero también misioneros
En julio de 2025, Roma recibió por primera vez un jubileo dedicado a influencers católicos y misioneros digitales. La existencia misma del encuentro dice bastante: para la Iglesia, las redes sociales ya son también un lugar para encontrarse con otros.
Durante ese Jubileo, León XIV habló directamente con quienes llevan adelante esta tarea y dejó una reflexión que toca de lleno esta tensión:
“No se trata simplemente de generar contenido, sino de crear un encuentro entre corazones. Esto implicará buscar a quienes sufren, a quienes necesitan conocer al Señor, para que puedan sanar sus heridas, volver a levantarse y encontrar sentido a sus vidas.”
La frase cambia bastante la manera de pensar en qué significa “tener éxito” en redes. Porque Instagram, TikTok o YouTube nos acostumbró a medir prácticamente todo. Cuántas personas nos siguen, cuántas vieron un video, cuántas comentaron y cuántas decidieron compartirlo. Pero ninguna estadística puede decirnos realmente qué pasó del otro lado de la pantalla.
Quizás alguien llegó a una reflexión sobre Dios después de ver veinte videos que no tenían absolutamente nada que ver entre sí. Quizás otro encontró una comunidad que no tenía fuera de Internet. O simplemente escuchó algo que necesitaba escuchar ese día.
Cuando los seguidores dejan de ser números
León XIV fue un poco más lejos en aquel encuentro. Les pidió a los misioneros digitales que construyeran redes en las que se pudiera combatir la soledad “sin importar el número de seguidores” y en las que hubiera más espacio para el otro que para uno mismo.
Es ahí donde encontramos la diferencia. Tener seguidores no convierte automáticamente a alguien en una marca. Cuidar una estética tampoco. Ni entender un algoritmo, pensar un buen video o buscar que un mensaje llegue a más personas. La pregunta es: ¿para qué hacemos todo eso?
En Internet es muy fácil terminar hablando para conseguir números. El desafío, quizás, sea recordar que cada uno de esos números sigue siendo una persona. Y que una comunidad no debería ser solo una audiencia.