Cómo podemos comunicar la fe en un espacio que nunca se calla
Hay un ciclo que solemos repetir a diario: abrimos Instagram para responder un mensaje. Antes de hacerlo, vemos una historia. Después, otra. Aparece un reel, una noticia o una publicidad. Luego pasan diez minutos y quizás ya ni recordamos para qué habíamos agarrado el teléfono. No hace falta que suene una alarma ni que llegue una notificación. Siempre hay algo más para ver.
Internet funciona así. Buena parte de las plataformas que usamos todos los días están construidas en torno a un flujo que prácticamente no termina. Cuando un contenido termina, otro ya está a la espera. Cuando dejamos de mirar una cosa, inmediatamente aparece la siguiente.
En un espacio donde todos intentan conseguir unos segundos de nuestra atención, parece lógico pensar que comunicar mejor significa hablar más fuerte, publicar con más frecuencia o encontrar una nueva manera de lograr que alguien se detenga. Pero ¿y si también necesitáramos aprender a hacer silencio?
Una reflexión de 2012 que envejeció demasiado bien
En 2012, cuando TikTok todavía no existía y las redes sociales eran bastante diferentes, Benedicto XVI dedicó la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales a una relación que hoy resulta bastante interesante: la del silencio y la palabra. Hay una frase de aquel mensaje que resume buena parte de la idea:
“Allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial. Una profunda reflexión nos ayuda a descubrir la relación existente entre situaciones que a primera vista parecen desconectadas entre sí, a valorar y analizar los mensajes; esto hace que se puedan compartir opiniones sopesadas y pertinentes, originando un auténtico conocimiento compartido.”
Lo llamativo es que Benedicto XVI escribió esto en 2012. TikTok todavía no existía, Instagram tenía apenas dos años y el scroll infinito estaba lejos de ocupar el lugar que tiene hoy.
Catorce años después, la idea parece incluso más actual. Abrimos una red social y pasamos de una receta a una guerra, de un chiste a una reflexión sobre Dios y de ahí a alguien vendiéndonos algún producto. Todo en cuestión de segundos.
Quizás el problema no sea que tengamos demasiada información, sino que cada vez tenemos menos tiempo para decidir qué vale la pena escuchar.
No todo se trata de generar contenido
En julio de 2025, durante el Jubileo de los Misioneros Digitales e Influencers Católicos, León XIV volvió a un problema similar.
Frente a cientos de personas que justamente trabajan creando contenido para Internet, dijo algo bastante directo: “No se trata simplemente de generar contenido, sino de crear un encuentro entre corazones.”
Las redes nos permiten llegar a miles o millones de personas y saber exactamente cuántas vieron una publicación, cuánto tiempo se quedaron y cuántas decidieron compartirla. Pero es fácil empezar a confundir esos números con el objetivo. Comunicar la fe no puede limitarse a llenar un feed de contenido religioso.
También puede ser escuchar qué está buscando alguien, qué preguntas surgen o qué preocupaciones se repiten. Puede ser no sentir que hay que opinar sobre absolutamente todo. Incluso puede consistir en dejar una pregunta abierta en lugar de intentar resolverla en 30 segundos.